S T E P H E N L I G H T
Traducción - Edición - Redacción

 

 

PARACAS:
Entre el desierto y el mar


La meta: recorrer la península de Paracas, pero no al estilo de otros caminantes. Nuestra intención era dar literalmente la vuelta de la península. Trepando cada cerro y cada duna, desde la playa de Atenas hasta las marisquerías de Lagunillas. Cuarenta y un kilómetros con el Pacífico a la derecha y el desierto a la izquierda…

Texto: Stephen Light
Fotos: Víctor Villanueva

   

Las huellas de zorros, de pescadores descalzos, de pescadores en moto. Ocre rojo, ocre amarillo. Un infinito cielo azul. El sudor y el embate de las olas. El viento que levanta la arena que absorbe cada paso y borra la línea entre la tierra y el cielo; el mar y el cielo.

Tales son las impresiones recogidas por los sentidos del caminante mientras recorre la costa de Paracas. Pues al caminar por el desierto uno entra en un estado casi autista, y más allá del viento, las pisadas que hacen crujir la arena pedregosa y el martilleo de la sangre, la mente vuela a donde quiera que esté, incorpórea, hasta regresar en sí por la maravilla que es una duna roja, la media luna azul de una relumbrante bahía, o una sola flor aferrada a una cuesta rocosa.
   

El género humano se estableció en ésta, una de las costas más áridas del planeta, hace unos 9000 años. Nómadas, habían migrado desde la sierra, llevando consigo sus propios conocimientos en agricultura, cacería y textilería. Llegaron, desde una fértil región con lluvias estacionales hasta un sitio que recibe apenas dos milímetros de precipitaciones anuales en forma de neblina, en busca de una sola cosa: la pródiga cosecha del océano.

Pues éste no es un litoral desierto. ¿Quién creería, mirando desde la cubierta de uno de los muchos cruceros que echan ancla en la bahía, que Paracas conforma una estrecha franja con una biodiversidad extraordinaria, apretujada entre el desierto y el mar?

   

A poca distancia de la costa de Paracas se encuentra la corriente fría de Humboldt, que proviene del fondo del océano, causando el fenómeno conocido como afloramiento que propicia la abundancia de plancton- la base de una cadena alimenticia que termina con el ser humano e incorpora el pingüino de Humboldt, el gato marino, delfines, flamencos, el zorro costero y un sinfín de aves marinas y lobos de mar.

Son muchas las formas de visitar la península de Paracas: las huellas de las camionetas 4x4 que entrecruzan el desierto son testimonio no sólo de las actividades de pescadores artesanales y saqueadores en busca de milenarias necrópolis (y los exquisitos tejidos que acompañaban a las momias sepultadas), sino también de los miles de viajeros que recorren la Reserva Nacional de Paracas cada año.

   

Pero para muchos, la única manera de experimentar la singular belleza de esta anhidra región es a pie. Y para mi el viaje no comenzó en el cómodo autobús con aire acondicionado que parecía deslizarse sobre el tráfico de Lima, ni en la suntuosa mesa del desayuno en el Hotel Paracas, sino en el momento en el cual me acomodé la mochila en la espalda en playa Atenas y sentí el peso de los siete litros de agua que estaba llevando junto con mi carpa, comida y bolsa de dormir, y emprendí la caminata con mi amigo y colega Víctor Villanueva, preguntándome si su equipo fotográfico hacía que su mochila pesara más que la mía.

Cruzando la pampa hacia playa Talpo, con el océano al frente salpicado de los farallones conocidos por los navegantes como Las Tres Marías, me acordé de haber leído de cómo los aborígenes australianos valoraban sobre todo un par de fuertes piernas, y cuando vi que las pantorrillas de Víctor eran más gruesas que mis muslos, y le escuché decir entre dientes “Vamos a sufrir hoy”, me pregunté si había empacado lo bastante ligero.

   

Pero me había olvidado de cómo el cuerpo del caminante se adapta rápidamente: la mochila se moldea al cuerpo hasta que uno se olvida del peso, y uno se deja llevar por el fenómeno que el escritor británico Bruce Chatwin llamó “la metafísica” de caminar.

Caminar es la actividad más natural que un ser humano puede entablar. Todos somos descendientes de nómadas y, parafraseando a Chatwin una vez más, no es coincidencia el hecho de que cuando mecemos a un bebe estamos reproduciendo el ritmo que siente un infante del Kalahari en la espalda de su madre.

   

Después de cuatro kilómetros llegamos a playa Talpo. Al parar, sentí un silencio avecinarse -en la medida de que se me desvanecía en el oído el eco de mis pisadas- hasta que el viento arreció, enfriándome el cuerpo sudado y, junto con la cadencia del océano, llenó el vacío.

Girando al sur, seguimos la costa. En su forma, el mapa de Paracas se parece al de la península Ibérica, y en esa misma dirección caminaríamos los dos siguientes días, hasta girar al este al llegar a Punta Huacas.

Almorzamos en Punta Los Viejos, una estrecha playa de guijarros que forman un colorido mosaico además de ser la única brecha en más de doce kilómetros de acantilados de color gamuza y de pie al mar. El paladar se sensibiliza cuando uno camina, y comimos contentos nuestro atún enlatado frente a un mar alborotado de corvina y lenguado.

   

La tarde se disolvía en tonos impresionistas de beige, sepia y azafrán. El viento se incrementaba y el aire marino desdibujaba el horizonte con arena mientras subimos por una angosta quebrada entre las dunas, donde hicimos nuestro campamento.

Después de asegurar la carpa contra el viento, subimos la duna más cercana, saliendo de su sombra para esperar la puesta del sol. Y mientras Víctor me contaba que hace treinta y cinco años había un aproximado de veintiocho millones de aves en Paracas, y recordaba bandadas que eclipsaban el sol cuando era un niño de cinco años que pescaba con su padre, miramos el cielo y el mar fusionarse en un espectro de amarillo a gris por encima de la blanca isla de San Gallán, y Orión asomarse como un zorro costero para cazar el desierto.

   

Al día siguiente nos levantamos con el sol y antes de las nueve ya habíamos trepado hasta la cumbre del cerro Lechuza, a quinientos metros por encima del mar. Era como estar en una isla: por primera vez podíamos ver toda la península. El viento arrancaba las hojas de mi cuaderno y abajo la pampa parecía desvanecerse por las ráfagas que levantaban la superficie del desierto. Paracas no es un paisaje estático, sino una tierra en constante estado de cambio: sujeta al viento y el mar.

Lechuza no era el final de nuestro recorrido -todavía nos faltaban unos dieciocho kilómetros- pero espiritualmente era el punto culminante: la parte más alta de la península y nuestra meta durante todo el día anterior. Bajamos rumbo al sur hasta el cerro La Ballena, a tres kilómetros de Lechuza y 360 metros sobre el nivel del mar. De allí viramos con el viento hacia el este, bajando hasta la pampa para luego subir Cerro Arquillo, el último obstáculo entre nosotros y las colonias de lobos finos en Punta Arquillo, la concurrida playa de La Mina y el pescado fresco y cerveza helada del restaurante de la Tía Pili en Lagunillas…